Lupe

Actualizado: 10 jun 2022
En el mundo hay demasiados contrastes. Pongamos como ejemplo la vida de Pancho y Lupe. Llevan juntos 36 años, desde que Lupe tenía 20 y Pancho 30. Lo único que permanece de aquella época es su casa de techo de lámina, una foto de su noche de bodas y un viejo sofá cubierto con una manta. Porque el cuerpo de Lupe ha cambiado y Pancho ya no puede más que estar postrado en la cama todo el día, el páncreas le dejó de funcionar y necesita ayuda hasta para comer.
El reloj apenas pasa de las cinco de la mañana y Lupe ya está esperando el autobús. Tiene un día largo por delante y debe madrugar si quiere dejarle el desayuno hecho a Pancho. Qué más quisiera que llevarle la comida calientita a su negrito pero, tiene que dedicar su tiempo a alguien más.
Hoy es martes, día de cuidar a Doña Cata. Para eso de las seis y media, Lupe está a solo un camión más de su destino. En menos de una hora debe levantar y bañar a la doña. Ahora más que nunca, Lupe odia los martes. Abelardo, el hijo menor y más incompetente de Cata volvió a casa de su mamá y la espera puntual en la puerta a las 7:15 de la mañana. A él no le importa desde dónde venga Lupe. Como el recorre esa distancia en 35 minutos en su suburban negra, su percepción de la cuidadora de su madre es que es una floja.
Después de un intenso cuestionario sobre a quién ha visto, a dónde ha ido y si tiene algún síntoma, Abelardo, todavía crudo de su borrachera de fin de semana, la cual se extendió hasta altas horas de la madrugada del lunes, le da las indicaciones del día. Y no es que Lupe las necesite, sino que es él quién necesita esa dosis de autoridad.
Lo de siempre: preparar el desayuno para él y para su madre. Hoy quiere chilaquiles con pollo. Lavar los trastes y de paso recoger el jardín, donde hace menos de 6 horas tuvo lugar una fiesta que molestó a más de un vecino. Terminó por decirle que su cuarto necesitaba ser limpiado y que sus sábanas y ropa no iban a lavarse solas.
Un día de rutina para Lupe en aquella mansión. Para las 9 de la mañana, ya con doña Cata cambiada y perfumada, empastillada y desayunada, despertó a Abelardo con el desayuno servido en una charola. El resto de la mañana fue de trámite para Lupe: hizo las compras de la casa, barrió y trapeó, y preparó chuletas en salsa roja con papas para la comida de los miembros de la casa. Para ella hay recalentado. Una ensalada de pollo de ya varios días.
El reloj marca las 4:30 de la tarde y eso solo significa una cosa. Es hora de las pastillas de la tarde de doña Cata, acompañadas de gelatina de guayaba y seis galletas Marías. Para este punto, Lupe solo desea que den las siete de la tarde para poderse ir, sin embargo la realidad la golpea con más de tres docenas de ropa por planchar y colgar en el closet de Abelardo. Lo bueno es que aprovecha ese tiempo para ver las novelas de la tarde, de hecho la de las seis está en sus últimos capítulos y sabe que de perdérsela su comadre Amparo tendrá una excusa para pasar toda la tarde del sábado en su casa.
Son las 6:45 de la tarde. Lupe prepara la pijama y pastillas de Cata, dentro de 10 minutos una estará acostada y la otra enfrentará el calvario de cobrarle a Abelardo por un día de trabajo. Sabe que a él le da codo pagar los 300 pesos por sus servicios y busca cualquier excusa para desacreditar su chamba, aun que no sea su dinero.
Son las 8:35 de la noche y Lupe ya está cerca de su casa. Se muere de ganas de prepararle la cena a su Pancho. Sin saberlo, Lupita, su hija, la espera en la parada del autobús.
“¡Le explotó la úlcera a mi papá!”, le dijo entre lágrimas. “¡Se lo llevaron al centro de salud, mañana podemos ir a verlo!”
“Ve tú, y llévale comida. Yo mañana madrugo”.
-PM



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