La ciudad de los hombres aferrados

Hace alrededor de 200 años, la humanidad logró acabar con todos los males que le impedían vivir plenamente. Guerras, injusticias, sobre explotación laboral y de recursos, hambre. Esta última siendo la primera que se resolvió. A principios del siglo parecía una labor imposible, pero cuando se planteó una solución viable, todos accedieron a poner de su parte. No es que se haya inventado un nuevo sistema económico el cual permitía a todos acceder a los suministros básicos, más bien se eliminó la necesidad del mismo, y con ello se detuvo la sobreproducción. Durante décadas, la humanidad vivió en un mundo dónde más del 50% de lo producido se desperdiciaba, fue ahí cuando un par de mujeres brillantes mataron unos cuantos pájaros de un tiro. Se erradicaron la hambruna, la sobreexplotación de recursos, y el exceso de trabajo, pues al vivir por el bien de la especie, aquellos que así lo quisieran podían laburar en la producción de los bienes básicos de todos, aquellos que no lo querían simplemente podían disfrutar de la abundancia de una especie organizada.
No mucho tiempo después, los humanos rompieron otra barrera en la emancipación de la especie. Se eliminaron las injusticias. De género, de clases y hacia los más oprimidos. Hace apenas 200 años que el mundo vive en paz. Se quemaron todas las banderas y se derrumbaron todas las estatuas de héroes y mártires de guerra, eran parte de un pasado al que no se piensa volver.
Por fin la especie se enfocaba en lo que era realmente relevante. El arte, la ciencia, conocer los rincones más bellos del planeta, la filosofía y, básicamente, en todo aquello que alimenta el alma. A pesar de todo esto, entre las diferentes regiones del mundo corría la voz de una ciudad clandestina, un lugar aferrado al pasado.
50 años después de los logros obtenidos por la especie, un grupo de hombres, molestos con las nuevas prácticas, rencorosos de haber perdido el mundo que creían controlar, se internaron en lo alto de las colinas andinas. Tomaron la ciudad perdida de Machu Picchu como rehén e impusieron allí sus normas. Fue entonces cuando nació la ciudad de los hombres aferrados. Un lugar para quienes no estaban dispuestos a aceptar un mundo de igualdades, un mundo sin problemas.
En la ciudad de los hombres aferrados las cosas se hacían siempre dos o tres veces más de las necesarias. No era que se hicieran mal, solo que cada hombre quería hacerlo todo a su manera. Por ejemplo, un evento tan simple como una carne asada podía llegar a durar días por el simple hecho de que cada invitado creía conocer la manera correcta de prender el fuego o sabía el método ideal para sazonar la carne, lo que llevaba a discusiones eternas en las que nadie cedía. La ciudad en sí estaba condenada al fracaso, no solamente por la poca organización que planteaba tener tanta gente con ganas de imponer su voluntad, sino por simple biología. En esta ciudad se detestaba a las mujeres. No se les odiaba por el hecho de haber ideado la liberación de la especie, sino por razones de desamores. Los bares que se instalaron estaban constantemente colmados de hombres despechados. Dolidos por haber tenido un amor fallido, apenas suministraban alcohol, este ya escaseaba. Los embotellamientos por lo general nunca se resolvían, primero, se agarraban a golpes los involucrados, luego se iban a beber e intentaban resolver las problemáticas hablando y ya muchas horas después volvían por su auto y repetían el ciclo.
Cuando entre los hombres sonaba el rumor de que ya no habría futuras generaciones para mantener viva la ciudad, se realizaban excursiones en busca de más aferrados. Por lo general, cada expedición volvía victoriosa con un grupo de 8 a 10 jóvenes con ganas de imponer sus condiciones.
Pero hace ya más de un año que la última compañía salió en búsqueda de nuevos miembros para la ciudad y no han vuelto. Nunca se demora tanto el reclutamiento, por lo que el caos comenzó a rondar por la ciudad y hubo peleas por mantener el control de un pueblo sin ley. Los primeros pobladores hace rato que fallecieron y sobre sus tumbas, varias veces cavadas, se muestran epitafios de nombres que ya nadie recuerda.
Hoy, quedamos pocos en la ciudad de los hombres aferrados. Escribo estas líneas en una libreta vieja como prueba de su existencia pues nadie de los que aquí estuvieron podría aceptar que eran miembros, estoy pensando si valió la pena vivir a mis anchas en soledad o si debería volver al mundo real y pedir perdón por lo que hice.
-PM



Comentarios