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Crónica de un amanecer

Foto del escritor: Pablo Muñoz
Pablo Muñoz
2 feb 2022
3 min de lectura

Actualizado: 10 jun 2022


Al abrir la puerta principal, José perdió la noción del tiempo. Era una de esas escenas en las que, si no fuera por el canto de los pericos, por un momento uno podría asumir que todavía era de madrugada. La noche aún no terminaba de volverse día y parecía que el sol se aferraba a aplazar sus responsabilidades. De fondo, los pájaros, las olas del mar y el intermitente pasar de los carros formaban una sinfonía que de manera paulatina aumentaba el ritmo. El aroma a café, inundó todo el ambiente, interrumpió los ejercicios de estiramiento e indicó que era hora de una recarga de energía.


El primer trago de la taza revitalizó el cuerpo aún modorro de José, logró sentir la trayectoria que el líquido recorrió por su cuerpo hasta llegar a su barriga. Lo acompañó con un pan dulce que su amada le había horneado la noche anterior: una concha de chocolate, el tipo de pan dulce que más le gusta, para ser específicos. El perro, aún recostado en su colchoneta y tapado con su frazada, observaba a la distancia el andar de su amo y esperaba la porción de pan que le correspondía como paga por acompañarlo en sus labores. Vestía su sudadera gris, con unas letras ya desgastadas y poco legibles, bermudas extremadamente cortas y con cintura de resorte, con cicatrices que indicaban haber pasado más de una vez por la costurera: hacían juego perfecto con las botas de cuero dorado, avisando el inicio de las labores dominicales.


Buscó las llaves de la bodega y comenzó los preparativos. Primero, llenó el tanque de gasolina de la podadora y la llevó al jardín. Aprovechaba el trayecto para admirar el color con el que se teñía el cielo, un anaranjado nacía detrás de las montañas. Después montó unas cuantas palas de diversos tamaños, la coa y unas tijeras para podar sobre su fiel y oxidada carretilla, la cual cojeaba al andar, pero que siempre se había sobrepuesto ante alguna pinchadura. Abrió la cajuela de su 4x4, dejando ver la misión del día. Atiborradas en la caja, asomaban todo tipo de flores aún mojadas por el rocío del amanecer: las habían comprado el día anterior. Su mujer le había prometido que si las compraban esta vez ayudaría a trasplantarlas. En la camioneta había una gran variedad. Un vasto grupo de gardenias hacían compañía a un par de lirios solitarios. Unos claveles rojos resaltaban la belleza de las astromelias del frente. El resto de la camioneta rebosaba de diversos tulipanes, los favoritos de Amanda, que adornarían todo el jardín.


Benito, el fiel acompañante, se incorporaba de a poco a la mágica trama que presentaba aquel escenario. José conectó la manguera a la toma de agua. Antes de comenzar, recordó que olvidaba algo esencial: el acompañamiento musical que haría perfecto este momento. Cortó un tulipán del color de un durazno y lo puso en la taza ya vacía, la cual volvió a llenar, pero esta vez de agua fresca. Por un momento le pareció escuchar un agudo sonido que intentaba perturbar su paz. Recorrió el corto trayecto de la cocina a la habitación y colocó el florero improvisado en la mesa de noche de su acompañante, a un lado de "Música de cañerías" de Charles Bukowski. Se inclinó para besarla en la frente y, al salir de la pieza, tomó sus audífonos, que al ponérselos comenzaron a tocar su álbum predilecto para la jardinería: "Mother's Earth Plantasia" de Mort Garson. Salió por última vez por la puerta trasera de la casa, pues recordó que había olvidado la "araña" o escoba de jardín, que sirve para recoger las hojas caídas de los árboles, en su caso uno de mango, ese que pronto dará bolsas y bolsas de fruta dulce.


Las cálidas notas de la tercera canción del álbum fueron acompañadas por el mismo ruido agudo de hace un rato. Esta vez supo que no lo imaginaba, pero decidió ignorarlo pensando que era el sonar de un barco. "Seguro pasará", pensó José. Cuando terminó de cargar con tierra su carretilla, con el rabillo del ojo logró percibir una silueta amenazadora, al tiempo que volvió a escuchar aquel ruido. Se quitó uno de sus audífonos y por fin se percató de lo que era. Alguien llamaba a la puerta. Se sacudió las polvorientas manos en la chamarra, ya sudorosa, y puso pausa a la obra maestra de Garson. Caminó los 250 metros del fondo del jardín hasta la puerta, se quitó el audífono restante y, al llegar a la reja que separaba la propiedad de la calle desértica, oyó una voz que le decía: "Buenos días, ¿tendrá un momento para recibir unas palabras de salvación?"


-PM



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