El placer de meter un gol en el último minuto

En este mundo hay cosas muy importantes; la familia, las relaciones interpersonales, el amor. Nombrarlas todas sería difícil, más aún decidir cual toma el primer lugar en el ranking de relevancia. Hay quienes ponen sus carreras profesionales primero, o los hay otros que prefieren poner en la primera posición al amor. Lo que está claro es que los asuntos que más relevancia tienen para las personas nunca son las mismas. Justo por esa razón me abstengo de opinar de temas tan importantes y me enfoco en lo trivial de la vida. Para ser específico, el fútbol. Lo más importante de las cosas que no importan.
El fútbol será muchas cosas, pero al ponerlo en la balanza de la vida nadie elegiría ver un partido de liga mexicana en lugar de asistir a la boda de su hija. Pienso que entregar a tu hija en el altar debe ser 300 veces más bonito que un Puebla-Monterrey de la semana 7 del torneo. Sin embargo, hay veces que los astros se acomodan, los partidos pasan y llegan momentos en los que “lo importante” puede esperar 90 minutos. Pocos, yo no me incluyo en la lista, preferirían trabajar o estudiar en lugar de ver a su equipo jugarse la vida en la última fecha luchando por mantener la categoría. Si bien es cierto, pagar las facturas o graduarse con honores puede ser la prioridad para la mayoría, nada se compara con festejar los goles de tu equipo contra el más odiado rival en su estadio.
Quien hubiera pensado que 22 tipos persiguiendo una pelota serían capaces de provocar tanto en los humanos. La cólera y el éxtasis conviven en un rectángulo con dos porterías a cada lado. No importa si el partido es en el llano o en el estadio más imponente con la afición más brava del mundo. El fútbol es tan especial que puede convertir un miércoles cualquiera en el día más mágico de todos.
Dicho todo esto, debo profundizar en los momentos que el fútbol nos ofrece.
El placer de la victoria es suficiente para embriagar al grupo más sobrio de alcohólicos anónimos. La desolación de la derrota, la cual ha provocado mares de lágrimas en más de un corazón. La rabia que te produce una tarjeta roja injusta, sacada por un árbitro localista es mayor al enojo que podría traer una traición amorosa. Un empate parcial al minuto 75 entre Argentina e Inglaterra, con el cual ambas selecciones sellan su clasificación de fase de grupos en un mundial, crea más paz que lo que puedan intentar conseguir los mejores diplomáticos del mundo. La ilusión de un niño que acompaña por primera vez a su padre al estadio a ver al equipo de sus amores, ese que su abuelo les inculcó, es mayor a la que produce un viaje al extranjero. Hay mil sensaciones y momentos especiales alrededor del mundo del fútbol, pero hay uno. Uno que sobresale de todos los otros, que genera más gozo y júbilo que cualquier ceremonia religiosa.
El placer de meter un gol en el último minuto.
Ese que llega cuando la esperanza está abandonando el cuerpo de los más fieles, cuando la luz comienza a apagarse en los aficionados. Es en ese momento; en el que las gargantas de los hinchas se apagan, cuando la agonía se apodera del más creyente, cuando aquel aficionado de ocasión da el primer paso fuera del estadio, es ahí cuando ocurre la magia.
El mundo se detiene por un momento. El tiempo viaja lento, tan lento que mil vidas transcurren en un segundo, y de la nada, gol.
No hay momento en la vida más increíble que ese. En el que el aficionado revive; ya sea en el estadio, en el sillón de su sala o en un bar con todos sus amigos. Ocurre lo mismo, un grito que nace del corazón con un desenlace distinto dependiendo la situación de cada uno.
No hay atleta olímpico capaz de saltar más alto que aquel que se refundía en la desesperación. No existe beso más apasionado que el que genera un gol de último minuto. El abrazo fraternal de dos desconocidos que se encuentran en un momento que debería ser eterno, que probablemente nadie atestiguó.
He visto muchos lugares hermosos, atardeceres deslumbrantes y he vivido momentos preciosos. Aun así, los cambiaría todos por ver un estadio entero rugir de emoción, sentir los cimientos temblar de tantos saltos de felicidad, empaparme de la lluvia de sudor y cerveza causado por un cabezazo afortunado que impulsó una pelota al fondo de una red.
Es cierto, el fútbol no está ni cerca de ser lo más importante de la vida, pero que jodida sería la vida sin el placer de meter un gol en el último minuto.
-PM



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